En la actualidad, los valores preponderantes son los tendientes a desarrollar el bienestar personal; esta tendencia lleva a las personas a ser más conscientes del impacto de sus decisiones. Es clara también la tendencia a la preparación académica y a la adopción consciente de mascotas.

Sin embargo, el mayor reto lo constituye la idealización de los resultados que deberían verse reflejados en las condiciones de vida a través de las acciones realizadas. Tenemos personas motivadas por lograr cuerpos perfectos y atléticos, relaciones interpersonales sin conflictos, trabajos flexibles, etc.

Este artículo pretende describir lo que ocurre con la idealización de las relaciones de pareja. La historia comienza con la educación de príncipes y princesas, en contraste, lidiar con los conflictos de los progenitores. Así nacen personas que reconocen lo que quieren en sus vidas como una pareja. No desean una relación añeja y conflictiva. Sin darse cuenta están en la búsqueda de los príncipes y princesas que se amaban profundamente, con una química espontánea que no requería ningún tipo de esfuerzo por parte de los participantes.

Somos personas que valoran las relaciones fáciles, que autentifican la naturaleza parecida de ambos, como una elección narcisista, de es “bueno”, porque es como yo. Sin duda ofrece grandes ventajas emocionales y prácticas, pero ¿por qué muchas de estas relaciones de pareja no son duraderas a largo plazo?

El éxito reducido de estas relaciones es multifactorial, se juegan los valores personales del bienestar personal, se razona que si hay conflicto y me produce frustración entonces tengo que irme. Pero esta genial idea reduce la posibilidad de introspectar, es decir, de reflexionar acerca de cuáles son las causas del conflicto y, sin duda, nos aleja de la posibilidad de construir una solución en conjunto.

El discurso de nuestros progenitores fue durante varias generaciones el enseñar a los hijos la diferencia entre el bien y el mal; no se visualizaba que debíamos enseñar también que existen muchas percepciones y que el bien, como lo percibimos, puede no necesariamente ser lo mejor para todas las personas. Por lo tanto, todo aquello que es distinto a lo que sabemos que está bien, está mal. Desde cómo cocinar, los gustos en películas, etc.

Con el cine, la literatura y la educación en casa trasmitimos que las relaciones de pareja debían estar llenas de felicidad desbordada. Incluso, podía haber violencia en las relaciones siempre que hubiera también momentos de sexualidad satisfactoria, protección y complicidad.

El enamoramiento, que es la parte hormonal del amor, es un estado de euforia en donde las parejas se sienten compenetradas. El enamoramiento, que nos trae la felicidad del encuentro con una persona con quien sentimos gran conexión. Poco a poco se desvanece con la realidad, en donde logramos reconocer a la persona tal como es.

Al terminar el enamoramiento, hacemos una valoración más realista y nos quedamos en la relación para entrar al terreno del amor verdadero, que implica el esfuerzo de construir una relación, sintiendo agrado en la persona con quienes decidimos compartir, aceptando el conflicto como una oportunidad para crecer.

La tendencia de las personas que construyen relaciones desechables es irse de ahí cuando termina el enamoramiento. Pensando que es imposible que alguien los ame tal cual son, sin dar cuenta de la perfección artificial en la que eran admirados durante el enamoramiento, se van también decepcionados de no haber encontrado a la persona ideal para ellas.

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